viernes, 9 de abril de 2010

Acerca de qué y cómo le robé a una marchanta...

El otro dìa andábamos en la calle, después de comer chiles rellenos en el mercado de Santa Tere. Vacaciones de ver mucho y comprar poco, pues el carro se puso chipilón y se nos acabó lo previsto para pasear y gastar. Así que cambiamos Cuernavaca por Guachimontones, y el solarenaymar de la playa por el solasfaltoysmog del centro de Guadalajara. Un poco frustrados por no tener más que para las nieves, Lucía se detuvo con una "María" a ver aretes de los que se venden en tiradero. La marchanta dormía con la cabeza reposando sobre su barbilla, mientras amamantaba a una criatura de cejas pobladísimas y cabello escaso por culpa de la alopecia.
Con ese sol de las tres, que a causa del cambio de horario devino sol de las cuatro, no había forma de huirle al calor. Aretes de a 30, de a 20 y de a 10. Al final, no compramos nada, pero me robés la sonrisa de esta mujer.
¿Cómo sonreír con tantas posibilidades en contra? ¿Cómo no sentir un resentimiento feroz contra todo y contra todos, cuando nadie tiende una mano? En la sonrisa amable de esa mujer se adivina que hay más vida en el mundo, latiendo en los corazones, de la que uno se espera leyendo las noticias. Y hay más vida en esta gente sencilla, que la que se predica desde púlpitos, congresos y altares.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Gloria in excelcis Deo...

Como me la platicaron se las platico (bueno, más o menos...)
- ¿Cómo te fue, Gloria? ¿Pudiste ver al tipo?
- Sí, caray... Menos mal que ya me habías advertido desde antes, porque tal como lo habías dicho tú, adoptó una postura ladina y condescendiente. Mariluz y yo, que ahí vamos como mansas corderitas, que no como sus mensas, queriendo que el fulano se haga cargo de la porquería de barda y banqueta que le valen sorbete. Pero, ¡ah no!, afearnos la entrada de la escuela eso sí que no.
- ¿Te recibió él inmediatamante?
- ¡Por por supuesto que sí! Nomás faltaba... ¡Como que el viejo canijo ya se olía la que le esperaba! ¿O a poco pensaba que nomás porque somos delicadas mujercitas no nos le íbamos a ir a la yugular? Ya lo dijo el Señor Don Sagrado Corazón: ¡el que tiene más saliva traga más pinole! Ahí estábamos nosotras, decididas a todo contra semejante injusticia, y que el tipo nomás empieza a tragar saliva...
- Se me hace raro, porque el fulano sí se pone ladino, pero eso de sentirse amedrentado no es su estilo.
- ¡Ja! ¡Seguramente se dio cuenta que no nos faltaba la razón! Si nomás fue cosa que le mencionáramos el cochinero que tenía en su banqueta, que es más nuestra banqueta, porque nosotras estábamos aquí desde antes que el alfeñique ese siquiera pensara en abrir su negocio en la esquina. ¡No! Pero si le ganamos el round completitititito.
- ¿Y qué dijo al final?
- ¡Eso fue lo peor! Ese enano, comadreja, aborto del infierno no fue bueno ni siquiera para decidir si le gustaba nuestra propuesta o no. Dijo que eso le tocaba decidirlo a un tal Licenciado Fulano de Perengánez, y nos despachó prieto de vergüenza, como tlacuache remojado. Eso sí, nos regaló una plumita de su universidad a Mariluz y a mí...
- ¿El tal licenciado no se llamaba Benito Agúndez?
- ¡Exacto! ¡Ese era su tapadera!
- Pero... ¡no, Gloria! ¡El viejo tiburón es el tal Benito Agúndez! Con el que tú hablaste ha de ser Diminuto Liliputínez, que es un hombre muy callado, y muy delicado... Es como un vasito de cristal... ¡Pobre! ¡Lo has de haber asustado muchísimo!
- Ah qué caray... Bueno, la pluma está bonita....
Esas cosas pasan...

miércoles, 28 de octubre de 2009

Minicuento para el Día de Muertos



Se despertó con sobresalto justo a la medianoche. El frío le caló justo en los huesos, y buscó entre los trapos desgarrados que tenía a la mano alguno que le cubriera del sereno de la incipiente madrugada. El escalofrío le hizo perder el sueño casi de inmediato, así que se levantó por un momento. Al menos pensó que sería un momento. La luna, en cuarto creciente, era apenas una rayita de luz en medio de una noche estrellada, sin nubes y sin grillos. Ante sus ojos, el paisaje apenas iluminado era un llano extenso, cicatrizado por todos lados de lápidas y cruces. Sintió un segundo escalofrío, pero este en sentido contrario: de las entrañas huecas a la punta de la cabeza. Estaba en medio de un cementerio, y no podía recordar cómo había llegado hasta allí. Por más que le exigía a su voluntad entornar sus ojos, no podía terminar de acostumbrarse a la obscuridad. Pero había algo muy extraño. Aunque sus ojos no le respondían se sentía totalmente conciente de lo que sucedía a su alrededor. Poco a poco, una tras otra, mil pequeñas flamitas empezaron a convertirse en presencias sensibles. Y la noche silenciosa en estruendo. Ora escuchaba el llanto de una mujer, que dirigía una conversación incomprensible a una fría piedra. Ora un conjunto norteño, cantando corridos que hablaban de muertos y de camionetas. Ora el jolgorio de un grupo de jóvenes rubios, que parecían divertidos y muy borrachos. Todo dentro de su cabeza, todo al mismo tiempo, todo creciendo y enredándose en un tumulto. Quiso correr, pero toda su voluntad se escapó al vacío. Sintió como si todo el deseo de escapar de ese lugar saliera de su pecho disparado al cenit. Percibió un estallido violento, y otro, y otro más. Sin embargo, sus piernas no se movieron un milímetro. Las presencias, las voces, la música... todo estaba cada vez más cerca. De repente, vio y escuchó. A su derecha, sentado sobre la tierra estaba un torso del que brotaba, cual enredadera seca, un cuello esquelético que sostenía un cráneo níveo. El rostro cadavérico tenía sólo unos hilachos en lugar de pelo, y unos pocos girones de carne podrida colgando indolentes de sus pómulos. Supuso que el susto se apoderaría de todo su ser... y para su sorpresa, no sintió miedo. Era como si en medio de todo ese fantasmagórico tumulto, aquella visión (ésta, real percepción de sus maltrechos sentidos) fuera lo único normal. Se miraron fijamente a través de las cuencas oculares vacías. Aquel rostro enfrente suyo se las arregló para transmitir hastío y resignación sin la ayuda de los músculos faciales que los vivos conservan. Abrió la floja mandíbula, y habló con claridad: "¿Su primera noche de muertos verdad? Es una monserga tanta visita, pero ya se acostumbrará usted. Tenemos toda la eternidad para ello..."

martes, 28 de octubre de 2008

Poema


¡Qué hermosa la cerilla

al rojo vivo!

cuando está ardiendo...

cuando está muriendo...

martes, 2 de septiembre de 2008

Mediodía

¿Qué es la soledad? Es subirse a un autobús en hora pico, y sentir el aliento no de una, sino de diez, veinte, más personas en tu oreja... Y aún así, encontrar un espacio libre en el techo o en el suelo, para no mirar a nadie a los ojos.
Tantos tan juntos, y tantos tan solos. En el eco de la prisa se pierde, estéril, el doloroso aullido de la humanidad que no es. Somos gregarios silenciosos. Maldición de nuestras urbes. Soledad. A mí nadie me ve.

jueves, 28 de agosto de 2008

Creel

Al viajero que por primera vez visita la sierra de Chihuahua, Creel se aparece como una visión traída desde el viejo oeste. La marginación convive con las comodidades de un centro vacacional de montaña. Los rarámuri, dueños ancestrales de la tierra que la modernidad aún no termina de arrebatarles, ennoblecen a un pueblito habitado principalmente por chabochis, o "barbudos". Y conviven, más o menos, en armonía. Pero sobre todo, Creel es el olor a pino, la paz de la sierra y la belleza de las noches estrelladas. Es el manto de nieve más puro que se pueda encontrar en esta nación. Por eso es tan doloroso que muchos comunicadores hayan conocido la existencia de Creel con una noticia tan desgarradora. Javier "El Pato" Ávila s.j. comparte el relato dolorosísimo de las horas posteriores a la matanza. Queden sus palabras como el testimonio de lo que, de ninguna forma, debería suceder. Nunca.

Les comparto lo sucedido en Creel. También, si quieren, pueden visitar la página www.eldiariodechihuahua.com y entrar a 'Narra padre minutos tras masacre en Creel'
GRACIAS POR SUS LLAMADAS, SUS CORREOS, SUS PRESENCIAS.
Las y los quiero, las y los rezo.
Pato
Me encontraba a la mitad de una celebración eucarística cuando comencé a escuchar ruidos que alteraban la tranquilidad del pueblo y la tranquilidad de mi corazón. Fue difícil seguir la misa, y me urgía terminar para salir a ver qué pasaba. La gente ya me andaba buscando para decirme que habían matado a dos muchachos en un enfrentamiento con metralletas y estaban tirados afuera del salón Profortarah (salón ejidal en donde se tienen todo tipo de eventos). Sin preguntar más datos corrí por mi camioneta para salir a ese lugar. Fue muy duro llegar y encontrar que no eran dos ¡que eran 13! y todos muertos de manera salvaje, tirados en la tierra, regados como bultos, sobre charcos de sangre. Era una escena que nunca se había visto en el pueblo, ni en el estado. Gloria, a quien el año pasado casé en segundas nupcias, fue a la primera que encontré, deshecha. Llorando a gritos me decía ¡'no es justo, padre, lo que le hicieron a mi hijo'! Oscar Felipe tenía un hueco en la garganta que me dejó helado, y enseguida estaba Edgar Alfredo cubriendo con el cuerpo a su bebé de año y medio, y así fui recorriendo uno a uno. Cuando apenas llegaba al cuarto cuerpo no pude más y me rompí. Las lágrimas se sumaron a mi recorrido por todo el terreno cubierto de cuerpos destrozados, de sangre, de masa encefálica, de llanto, de histerias, de rabia, de impotencia. No fue sorpresa constatar que no había ni un solo policía en el lugar. Entonces, yo no podía seguir débil, porque alguien tenía que asumir la responsabilidad, con cabeza clara para tomar decisiones. Mi primera llamada fue con el secretario general de gobierno que no acababa de creer lo que le iba describiendo; luego me llamó la procuradora del estado y así siguieron las llamadas constantes. No fue fácil calmar a la gente, ni impedir que levantaran los cuerpos de sus hijos para esperar a que llegaran las autoridades ministeriales a levantar actas. Llamaba una y otra y otra vez, y le urgía al secretario de gobierno que me mandara gente a resguardar la zona, a controlar la situación; pero él también por más llamadas que hacía no podía encontrar policías cercanos que me apoyaran. Fue el único que me estuvo llamando constantemente para echar porras y fortalecer lo que trataba de hacer. La gente se oponía -¡lógico!- a que los cuerpos fueran traslados a Cd. Cuauhtémoc (dos horas de Creel) para las autopsias y tuve que decirle a la procuradora del estado que sobre mi cadáver saldrían esos cuerpos, y no me importaba lo que decía la ley; que se desplazara el equipo especializado para hacer todos esos trámites en Creel. Quizá me oyó tan alterado que no hubo ningún problema en acceder, y hasta me pidió un favor para que el trámite se acelerara al llegar los ministeriales a levantar las actas: que fuera tomando fotos a cada cuerpo. Accedí y volvió el dolor. Afortunadamente a esas horas y luego de tanto diálogo, convencimiento, argumentos, pláticas, la gente me secundaba, tranquilos, en lo que yo les pedía. Y así fui pidiendo que se retiraran para descubrir cuerpo por cuerpo y tomar las fotografías. Luego de poco más de tres horas llegaron varios elementos de la policía ministerial y comenzó el siguiente viacrucis cuando se fueron levantando todos los cuerpos, uno por uno, para trasladarlos a la funeraria en donde se les haría la autopsia y se les prepararía para velarlos.
Por hoy es lo que les comparto, todavía con un dolor muy embarrado a la piel y un corazón muy lastimado. Muy resumidas las cuatro horas de llanto, dolor, impotencia, incertidumbre, rabia, espera... Sigo después...
Las y los quiero, las y los rezo
Javier